Sam

Sam lleva 10 meses en casa.

No tardó ni dos días en acostumbrarse a la buena vida, en especial al sofá y a los mimos.
Desde el primer día se porta genial en casa, no ladra y cuando me voy se queda echando una siesta.
Ha ido cogiendo confianza y se ha vuelto un tragón, aprovecha la mínima oportunidad de comer una chuche. Y si es pan… ¡se vuelve loco! Tanto que llega a perseguir relamiéndose a la gente que va con una barra de pan por la calle.
Ha aprendido a jugar con perros, con humanos y con juguetes,  se ha vuelto un cachorro de 8 años.
También ha descubierto lo que es vaguear, hay que sacarlo de la cama con palanca, aunque una vez fuera se vuelve loco.
Al principio era un poco desobediente, pero poco a poco va obedeciendo y dejando esas manías de abuelo gruñón que tenía, aunque está cogiendo otras, como restregarse con todos los  setos que se crucen en su camino o bañarse en cualquier charco.
También se ha vuelto un profesional en eso de exigir mimos, está aprendiendo muchos trucos para conseguirlos, como darnos con la pata, con el hocico o revolcarse como una croqueta.

La llegada de Sam a casa ha supuesto un punto y a parte en nuestras vidas, no recordamos como eran sin él.
La adopción de un perro adulto es maravillosa, porque ves como revive su infancia y como aprende cosas nuevas cuando creías que no lo haría.
Se ha convertido en una parte fundamental de la familia, se merece eso y mucho más porque es estupendo.

 

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