Gaspode

Dicen que todo el mundo cree que tiene el mejor perro del mundo, y que ninguno está equivocado. No sabemos si es así, pero nos suena verídico: A fin de cuentas Gaspode, Pou, no es un perro normal (¿qué es un perro normal?). Es un perrito maravilla, un perro multiusos. Es un milagro con cuatro patas, un pastorcillo, un tragoncete, un remodelador de interiores, un incansable perseguidor de salchichas.

Gaspode vive con dos humanos y un gato, y se le han pegado vicios de su hermano felino: mientras escribo esto se ovilla a mis pies y me exige que le haga cosquillas en la tripa. Adora dormir, el calorcito y la compañía. No le gusta quedarse solo ni que le atosiguen. Le encantan los mimos, pero a su ritmo: si no te conoce y acercas la mano a su cabeza, te espanta con un ladrido ofendido (“¿dónde se ha creído usted que va?”). Por el contrario, en cuanto decida que eres proveedor oficial de caricias es mejor que vayas reservando unas horas al día para dedicarlas a hacer bien tu nuevo trabajo. Sólo le falta el ronroneo.

Tiene una cara alargada terminada en un morrete con el que apura el fondo del yogur más indómito. Sus patas –cortas y gruesas– le permiten corretear por el monte sin perder un paso y dejarte agotado al final del camino aunque haya caminado (corre p’alante, corre p’atrás) dos o tres veces más que tú. Su rabo de zorro, que vuela como un ventilador en cuanto intuye que llega alguien conocido, ha permitido que desechemos los plumeros de casa.

Es inquieto. Cuando duerme, cambia de cama cada treinta minutos. Le gusta perseguir objetos en movimiento, echar siestas sobre tus pies y mordisquear objetos duros, como juguetes para perros, vigas de titanio o cartones de embalaje. Es precavido con los desconocidos y defensor de su rebaño. Si alguien se acerca –¡ni se te ocurra!– de forma sospechosa a quien haya determinado que está bajo su protección se lo hará saber inmediatamente.

Y es que desde el primer momento nos quedó claro que Gaspode era un perro con una misión. El mundo es un lugar peligroso, y tiene que protegernos de los múltiples peligros que acechan. Somos ovejitas un poco tontas. Nos perdemos cuando salimos, somos incapaces de oler nada. Ni siquieras tenemos pelo para cubrirnos cuando hace frío. Afortunadamente ahí está Pou para guiarnos con suaves mordisquitos en la pernera.

Por eso cuando salimos de paseo no nos quita el ojo de encima. Bueno, es posible que sólo un momento, mientras va a saludar a aquel amigo. Un segundo, que me revuelque un poco por la hierba. ¿Aquello de allí es una vaca, o el perro más grande que he visto en mi vida? ¡Cuidado! ¡Se te acerca alguien que no conozco! ¡Guguguguauguauguau! Ah, tiene chuches. Parece majo. Voy a rodearle con tres vueltas de correa y a mirarle con ojos acuosos hasta que me dé algo.

Pero muchas veces somos ovejas tan ineptas que no nos damos cuenta de que hemos dejado la puerta cerrada ¡y no puede acompañarnos! ¡Pero bueno! ¡Nos puede pasar algo si no está ahí para defendernos! ¡Cómo podemos ser tan inconscientes! Afortunadamente, de alguna manera siempre acabamos encontrando el camino de vuelta a casa, y deja que le hagamos mimos detrás de la oreja para que veamos que no está muy enfadado. La próxima vez, pardiez, estará más atento.

Gaspode dio la vuelta a nuestras vidas y ya no recordamos cómo eran antes. Más aburridas, de colores menos vivos. Menos excitantes. ¿Como era vivir sin él, sin nuestro mejor despertador, sin nuestro saco de mimos, nuestro cotilla profesional, el vigilante incansable de nuestros sueños? Más anodino y rutinario, suponemos. Quién se quiere acordar. La existencia no sería igual sin nuestro gordito.

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